Tomás de Celano, (1200 –1260-1270) escribió tres hagiografías sobre San Francisco de Asís. Y allí dice que, en 1223, quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre llamado Juan “de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular” -porque aunque era noble de sangre aspiraba a la nobleza de espíritu- y le pidió que prepara “lo que te voy a indicar”. Quería festejar la Navidad en la localidad de Greccio.
“Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”, cuenta Celano que dijo Francisco. El hombre lo hizo. Y llegó la Navidad.
“Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró”.
Celano explica el procedimiento y su espíritu, con detalle. Se trata de valores más que de un despliegue de recursos:
“Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales.”